... o vida y obra de la tribu del tofu, como gusten ustedes.

6 de marzo de 2006

Ernesto

Ernesto esta sentado en su sofá, como todas las noches. En la mesa, el esqueleto mal mordisqueado de un ave, posiblemente una gallina. De la chimenea procedían cansinos sonidos del crepitar del fuego y la televisión aburría a los espectadores con una extraña enfermedad que recorría el mundo. Ernesto tenía la mirada perdida siguiendo el movimiento de una mosca que, sofocada por el calor de la sala, volaba pesadamente. Parecía un insecto viejo, que simplemente se mantenía en el aire por la costumbre, o por aferrarse a ese sueño que tenemos los viejos de creernos todavía jóvenes. En un momento dado, la mosca fué a parar al alcance de Ernesto que, instintivamente, de un manotazo la aplastó contra el brazo del sofá.

- Mierda, que gorda era - musitó mientras frotaba su mano contra la pana del pantalón.

Pesadamente, se levantó y se arrastró hacia el cuarto de baño. Allí, sentado, trataba de ordenar mentalmente como había llegado hasta esa penosa situación. Recordaba que él había sido feliz algún día, que su vida era monótona pero completa, ¿en qué momento se había salido de ese camino tan bien trazado? y lo más importante, ¿porqué lo había hecho?.

De repente, mientras se hallaba con el papel en la mano, se abrió estruéndosamente la puerta de la entrada. Oyó pasos, gritos y gruñidos. Pero sobre todos ellos, una extraña voz chillaba desconsolada. Una voz que claramente no era humana pero que se le clavaba en los más profundo del corazón. Un grito que helaba la sangre y que recordaba vagamente al de una madre destrozada por la muerte de su hijo. El pánico se apoderó de él. Instintivamente, se levantó y miró a través de la puerta entreabierta que quedaba demasiado lejana para verla desde su posición anterior.

Lo que vió le hubiera llevado hasta los umbrales de la locura, de no haber sido porque algo más grande hizo que ese principio de locura fuese cortado de raiz. En el salón, en su propio salón donde antes había estado viendo el televisor, unas extrañas figuras se movían. Extrañas no por su forma, sino por su tamaño. Asustado, dió un paso atrás, tropezando con sus propios pantalones, que los llevaba todavía por los tobillos. El griterío cesó y su pánico creció hasta límites innimaginables. Unos pasos ligeros, como si levitaran sobre el suelo, se acercaban hacia el cuarto de baño. Antes que pudiera hacerse con un elemento defensivo o, por lo menos, recuperar un poco la dignidad, un amasijo de plumas, picos y patas se abalanzarón sobre él.

Al día siguiente, los noticieros no se hicieron eco de esta noticia. Realmente, los noticieros no se hicieron eco de nada. Nadie supo, y a nadie le interesó, el extraño caso de Ernesto, un anónimo personaje que nadie encontró mal picoteado, en los huesos, en el baño de su propia casa.

5 comentarios:

mostowoman dijo...

uy q miedo! espero q no le cuentes estas historias a tu niño para dormir jaja
un besote

silvitxu

chinchanmolamazo dijo...

Buenas guapa,

que poco te prodigas ultimamente, aunque menos me prodigo yo por tus lares (aunque te leo en silencio ;-)

Para Pablo tendré que cambiar el repertorio, ya veremos lo que se me ocurre.

Besitos.

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